
Si te digo que en un partido de fútbol el árbitro de la contienda tuvo que expulsar a 36 jugadores por el quilombo que se montó en la cancha, seguramente tú pensarás que te estoy vacilando, que me estoy inventando una historieta para goce y disfrute del que la quiera leer o me quiera escuchar. Pues te digo que nada más lejos de la realidad, porque se trata de un hecho verídico que ocurrió al finalizar un partido de fútbol en Argentina.
Como he comentado, los hechos ocurrieron en Argentina el 26 de febrero del año 2011. Se enfrentaban ese día dos equipos semiprofesionales de la última categoría del sistema de ligas argentino, la llamada por aquel entonces «Primera D» (hoy en día ya no existe) y que se correspondía con el 5.º nivel de la escala futbolística de ese país.
En concreto, se enfrentaban los planteles del CA Claypole, de la zona sur del Gran Buenos Aires, y del CA Victoriano Arenas, de la zona de Avellaneda, también en el Gran Buenos Aires. El resultado al final del encuentro fue de 2-0 a favor del equipo local, es decir, a favor de Claypole. Aunque, después de lo que ocurrió, el resultado pasó a un segundo plano.
Tanto Claypole como Victoriano Arenas, en la fecha del encuentro, se ubicaban en posiciones intermedias de la tabla y, al final del campeonato, ambos mantuvieron la categoría. Claypole, mejor situado, en un 8.º lugar, y escalones más abajo, en el puesto 16.º, Victoriano Arenas.
En el partido de ida, disputado el 11 de septiembre de 2010 en la cancha de Victoriano Arenas, Claypole venció a domicilio por 1-2, sin nada que destacar que se saliese de lo normal.

¿Y qué es lo que pasó? Pues lo que suele pasar en muchos partidos, sean del nivel que sean: que el ambiente dentro del campo se volvió excesivamente «caliente» entre los contendientes de ambos equipos. Que si te empujo, que si te digo, que te doy, que te veo en el túnel, que si tu madre, que si tu hermana, dímelo luego, que te amago, etc., etc., etc. Lo normal en bastantes terrenos de juego, por no decir en todos. Lo que no es normal es la que se armó al finalizar el encuentro.
Desde un principio, es decir, desde antes de comenzar el encuentro, la hinchada local se dedicó a molestar a los jugadores y técnicos visitantes, incluso desde dentro del mismo vestuario. Así, con estos aderezos, el partido comenzó un tanto caliente. Esta «calentura» llevó al árbitro a expulsar por doble amonestación a un jugador del conjunto victoriano en la primera parte. Durante el transcurso de la segunda, la tónica secuencial fue un calco de la primera, pero con un poco más de intensidad, tanto a nivel físico como verbal, por parte de todos los contendientes. Faltando escasos minutos para la finalización del partido, el entrenador visitante decidió sustituir a uno de sus jugadores, que ya estaba amonestado, para evitar su posible expulsión, por un compañero. Esta circunstancia derivó en una serie de insultos graves del jugador sustituido hacia su entrenador, hacia su cuerpo técnico y hacia todo lo que pillara por en medio. Ante esta circunstancia, y debido a la gravedad de los insultos, al árbitro que dirigía el partido, un tal Damián Rubino, no le quedó otra que expulsar al jugador insultador (Rodrigo Sánchez), quien no se lo tomó muy deportivamente, la verdad.
Con el pitido final del trencilla, el referido jugador expulsado, poseído por una irrefrenable ira, saltó al campo y comenzó a repartir piñas a diestro y siniestro, derivando ese dar y recibir en una tangana barriobajera en la que participaron todos los jugadores que había en el terreno de juego, tanto titulares como suplentes y algún que otro componente del cuerpo técnico, con el resultado final de 36 expulsados. Expulsiones que no se perpetraron sobre el césped, pues el árbitro, con muy buen criterio y muy inteligentemente, se apartó del improvisado ring, sino en el vestuario del susodicho árbitro, quien prefirió hacerlo de esa manera para evitar males mayores.
Estos hechos narrados se han constituido en un récord, a nivel mundial, del mayor número de expulsiones realizadas en un partido de fútbol. Todo un ejemplo para grandes y pequeños.
ALBERTO VEGUE














