HASTA EL RABO TODO ES TORO



Imagínate que tu equipo juega la final de un campeonato de fútbol importante, muy importante. Llevas días, semanas, meses esperando este acontecimiento y por fin llega el día en que ocurre. Rodeado de los tuyos y de tus afines, te preparas para disfrutar del espectáculo delante, por ejemplo, de un televisor. Y confías, interiormente confías, en poder disfrutar del encuentro y ver ganar a tu equipo. Se van a enfrentar, en esos momentos, los dos mejores equipos de la competición. Las fuerzas están muy equilibradas, la balanza puede oscilar hacia uno u otro lado. Cruzas los dedos, te encomiendas a los espíritus, creas en ellos o no. Llega la hora y el partido comienza. Tus nervios a flor de piel, el corazón te late deprisa, repasas todas tus supersticiones por si te has dejado alguna sin cumplir y poder hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Todo está en su punto.

Pero las cosas son como son y no como queramos que sean. Y así, a los 5 minutos del comienzo, casi sin dar tiempo a que se posicionen en el campo los equipos, el tuyo encaja un gol. ¡Maldita suerte la mía! Se empieza perdiendo por 0-1, pero hay esperanza, dicen que es lo último que se pierde, queda un mundo de partido. El tiempo de juego transcurre cada vez más deprisa y tu equipo sigue perdiendo. No se endereza la situación. Las fuerzas de los conjuntos siguen estando muy equilibradas. El final está cada vez más cerca. Te cunde el pesimismo. Minuto 90 de partido, sigue el mismo resultado y tu equipo sigue cayendo derrotado. Se escapa la Copa. El árbitro concede tres minutos de descuento. Y en ese tiempo del alargue, concretamente en el minuto 91, gol de tu equipo. Te quedas epatado. No reaccionas. Pero eso no es todo, en el último minuto de descuento, cuando el árbitro ya se dirige el silbato a la boca para pitar la conclusión, ¡gol de tu equipo! ¡Dios mío! Rápidamente, el equipo contrario saca de centro y no hay tiempo para más, el colegiado pita el final del partido. Es el sumun.

Si en ese momento te mueres, ya mueres tranquilo.

Ahora no hace falta que te lo imagines. Pasajes finales de la temporada 1998/1999. Colofón final de la llamada Liga de Campeones de la UEFA o, si se prefiere y para que nos entendamos todos, final de la Copa de Europa o final de la Champions League. Un gran escenario: el Camp Nou de la ciudad de Barcelona (España). La fecha: un 26 de mayo. Se enfrentan dos conjuntos muy potentes, los más potentes de esa temporada: el Manchester United inglés y el Bayern de Múnich alemán.

El Manchester United había accedido a esa final eliminando, entre otros conjuntos, a los italianos del Inter de Milán y la Juventus de Turín. Por el contrario, el Bayern lo hizo venciendo a sus compatriotas del Kaiserslautern (hoy en día un equipo venido muy a menos) y al ucraniano Dinamo de Kiev.

Fue un partido muy igualado por parte de ambos conjuntos. Se adelantó en el minuto 5 el equipo bávaro por medio de su centrocampista Mario Basler de un tiro libre directo. Como ya hemos comentado en esa especie de introducción ilusoria del artículo, se llegó al minuto 90 de juego con el resultado de 0-1 a favor del equipo alemán. El árbitro concedió tres minutos de descuento. En ese tiempo de alargue, el jugador inglés David Beckham bota un córner y su compañero Sheringham introduce la pelota en la portería alemana. El Manchester empata el partido. Pero el asunto no termina ahí. Dos minutos después, se bota otro córner por parte del Manchester y esta vez es el jugador noruego Solskjaer quien marca el definitivo 2-1, consiguiendo el ansiado triunfo en el encuentro y proclamándose el equipo inglés campeón de Europa. Nadie se lo podía creer. No se daba crédito a lo vivido y a lo visto durante esos escasos minutos.

Además, y para hacerlo todo mucho más insólito, se da la circunstancia de que, de los jugadores que consiguieron marcar por parte del equipo del noroeste de Inglaterra, ninguno de los dos formó parte del once titular. Sheringham entró en el minuto 67 y Solskjaer en el 81. Pues menos mal. Y para rizar el rizo y hacerlo todo un poco más peculiar, el Manchester United, en su pase a los cuartos de final de la competición, no accedió como campeón de su grupo, sino como mejor segundo en la repesca de los mejores segundos puestos. Ver para creer.

Al partido se le denominó «El milagro del Camp Nou» (a todos los partidos con hechos similares se les denomina siempre milagros) y va a ser que sí, que los milagros existen, por lo menos en el fútbol.

ALBERTO VEGUE

HASTA EL RABO TODO ES TORO

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