A MI EL PELOTÓN, SABINO, QUE LOS ARROLLO


En el mundo del fútbol hay frases lapidarias que quedan para siempre en la memoria de quien las escucha. Se convierten en un mantra para todos los aficionados.

¿Quién no ha oído alguna vez eso de «partido a partido» de Diego Simeone? También, esa otra, «fútbol es fútbol» de Vujadin Boskov». Una más, esa que dice «la pelota no se mancha» de Diego Armando Maradona. Por último, citaremos la muy conocida, sobre todo por los aficionados españoles de hace unos años, aquella de «jugamos como nunca, perdimos como siempre» del gran Alfredo Di Stéfano.

Pero sí hay una muy española y que ya casi está en desuso, pues tiene más de 100 años de antigüedad, pero que sigue siendo muy significativa y que futbolísticamente nos bautizó con el apodo de “la furia española”; fue aquella de «a mí el pelotón, Sabino, que los arrollo», luego sintetizada por los aficionados en «a mí, Sabino, que los arrollo».

Vamos, pues, a contextualizar esta última frase tan española. Para el que no lo sepa, diremos que la pronunció el futbolista vasco de la selección española José María Belaustegigoitia Landaluce, durante el desarrollo del partido Suecia-España disputado el 1 de septiembre de 1920 en los Juegos Olímpicos de Amberes.

En estos Juegos Olímpicos, España consiguió la medalla de plata, siendo esta la primera vez que España participaba en un torneo oficial.

Pero vayamos por partes. En los Juegos Olímpicos de Amberes, denominados de manera oficial los Juegos de la VII Olimpiada (aunque fueron la sexta edición de la era moderna), participaron 29 países (todo un récord para la época) y se compitió en 22 deportes, entre ellos el fútbol. En esta disciplina, participaron 14 selecciones, en las que, en una fase previa, España venció a Dinamarca por 1-0 y pasó a jugar los cuartos de final. Fue un partido con gran dominio danés, pero en el que la gran actuación de Ricardo Zamora hizo que España resultara vencedora. Fue tal su actuación que, al finalizar los 90 minutos de juego, el portero español fue paseado a hombros por sus compañeros. Ese día y en ese partido Ricardo Zamora comenzó su leyenda y se convirtió en un mito.

El siguiente partido fue en cuartos de final y España se tuvo que enfrentar a Bélgica, a la postre campeona olímpica, perdiendo por un claro 3-1 y quedando fuera de la disputa por el oro olímpico. Ante esta circunstancia, la selección española tuvo que jugar el llamado Torneo de Consolación, torneo que iba a determinar la medalla de plata y la de bronce (aquí hay que entender que eran otros métodos de disputa, totalmente distintos a los actuales a los que estamos acostumbrados). En este Torneo de Consolación, España, en una primera ronda, se enfrentó a Suecia, a la que venció por 2-1 y en la que se produjo la famosa frase de Belauste. En otra segunda ronda, venció a Italia por 2-0, pasando a disputar con Checoslovaquia la última y tercera ronda, la que daba acceso a esa final de consolación y a la disputa de las medallas. Sea como fuere, resultó que Checoslovaquia no se presentó y la selección nacional disputó la final de consolación frente a Holanda (entonces se llamaba así, no Países Bajos), resultando vencedora en el partido por 3-1 y obteniendo así la tan ansiada medalla de plata en unos Juegos Olímpicos.

Como ya hemos comentado, en la disputa del partido ante Suecia, que España ganó por 2-1, el centrocampista español Sabino Bilbao se disponía a sacar una falta sobre el área sueca. En esas estaban, cuando ahí apareció el fornido mediocentro José María Belauste, quién, corriendo hacia el área de Suecia, gritó a Sabino Bilbao: «A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo». Sabino centró al área y Belauste cabeceó al fondo de la portería, llevándose por delante a varios jugadores suecos (Belauste medía 1,93 m y pesaba 95 kg) y obteniendo el empate (posteriormente, Txomin Gómez-Acedo marcaría el gol de la victoria. Pero eso es otra historia).

En ese partido, Suecia-España, nació el mito que se fue expandiendo y agrandando con el paso de los años de la llamada «Furia Roja». Por cierto, apodo que no acuñaron los periodistas españoles, sino los italianos que vieron el partido, dando fe de lo combativos que eran los jugadores españoles. Apodo que aún sigue vigente y con más fuerza, si cabe, en nuestros días.

La selección olímpica que participó en los Juegos Olímpicos de Amberes estaba compuesta, en lo relativo a sus jugadores, por 17 integrantes: dos porteros, tres defensas natos, cinco centrocampistas y siete delanteros. De ellos, doce eran vascos, dos catalanes, dos gallegos y un valenciano.

ALBERTO VEGUE

A MI EL PELOTÓN, SABINO, QUE LOS ARROLLO

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